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17 agosto 2018

Andrés Rueda: Estambul





Cuando vi la obra de Andrés Rueda por vez primera, me imaginé presenciar una puesta de sol en Estambul. Fantasee en la distancia con formas y espacios. Dibujé la gran cúpula de Santa Sofía flanqueada por los minaretes como lanceros guardianes de su princesa, [primero mora y después cristiana]. Y vi como en un sueño una ciudad de cuento de las mil y una noches, y fantasee con otros tiempos y otras épocas, con moros de a caballo y con cristianos cruzados con las capas al viento y la cruz por estandarte. Y vi los tesoros que Estambul encierra. Y vi una ciudad dividida en dos por el mar y muchas por los hombres.
La mirada errabunda siguió colores y busco formas. Y mi cabeza borró formas y diferenció tonos, y encontró gamas, y encontró manchas y descubrió oro y descubrió azules y miró más de cerca, y más adentro. Y se maravilló con el juego de masas de luz sin forma. Que encajan y se resuelven las unas entre las otras. Y atrapa la gran mancha rosa que, ahora, es el cuadro que el ojo selecciona. Y se fragmenta en ese instante en trozos que rivalizan en forma y en tonalidad. Una masa enorme cubre en ese momento la tela. El cuadro ya no es Estambul, ahora es su cielo. Hecha trizas, la gran rosácea entre tonos vivos entre manchas de oro y ausencia de color, y blanco que no es blanco y un negro que parece un pretexto para señalar, para recordar, que Estambul no es una ciudad, son dos. En ese cuadro.
A medida que el ojo explora, la mirada se convierte en parte componente del cuadro. Y el diálogo que primero sostuvo el artista con su obra, ahora lo crea el espectador con la obra acabada. Y habla con la pintura y le pintura le dice: calla. Mira, disfruta y piensa. Y yo, espectadora embelesada, investigo la tela, experimento la pintura, y pienso: El artista ha encontrado su estilo. Pienso en los fauves, en la fiereza de su arte casi salvaje al verlo de pronto. Y en casi humano al disfrutarlo de cerca. La fiereza del color, tal como lo usa Andrés Rueda, se impone para decir con gritos rosas, azules, oros, reflejos de espejo en el agua –otro elemento con el que juega Rueda sin que advirtamos apenas que se trata de un juego de luces y de sombras reflejadas, de una simetría casi imposible,- que es otro Estambul, pero puesto al revés. Una realidad transformada en fantasía y una fantasía hecha realidad. Con fuerza. Con mucha fuerza. Una realidad, Constantinopla, que más podría ser un pretexto del autor para pintar y lanzar sobre la tela esas masas de color luminoso, que una ciudad regia a retratar. 
Así lo decide él. Así lo exige su ánimo, su intención y su estilo. Y nos enseña ese delicado y fugaz momento que encierra la aventura de la exploración, la aventura del mirar un cuadro como Fantasía en Istanbul.







10 mayo 2018

EXPOSICIÓN 10 MAYO 2018

“Zócalo Arte” Torreón de Cotilla
Habitada desde la antigüedad más remota, la actual configuración de Los Ogíjares se remonta al siglo XV (Uyiya, Oxijar, Ugijar, Oxixares). Oxixar la Alta y Oxixar la Baja estaban separadas por el Barranco Hondo, ambas sendas alquerías en tiempos de moros de carácter agrícola. Por Oxixar la baja pasaba el camino que iniciándose en la Puerta de Báb al-Tawwabin (puerta sureste), una de las más importantes de la ciudad, que a través del puente romano del Genil, comunicaba ésta con la Costa y la Alpujarra, atravesando el actual Zaidín y los Ogíjares, tomando rumbo hacia Alhendín: el Trek Semek Taubib o Camino de Los Pescaderos (según Leonardo V de Villena).
La alquería de Oxixar la Baja, además de su carácter agrícola tiene un torreón de carácter defensivo al estar asentado en este camino estratégico para la ciudad de Garnata.
Sobre una elevación del terreno su actual nombre: “Cotilla”, es una evolución del nombre mozárabe “Kott” (roca, altura, saliente, prominente)
La Vega de Granada es un territorio inseguro para los conquistadores, en los bosques que mandó talar el Rey Fernando (Ogíjares fue talado y saqueado en 1484), son frecuentes las emboscadas y las escaramuzas. Por ello el progresivo cercamiento de la ciudad se realiza circundando la Vega (relatos de Enríquez de Jorquera).
Constatamos el origen árabe del torreón en los restos arqueológicos encontrados.
Documentalmente en el 1757 aún se le llamaba a esta vía, Camino de Granada.
Esta fue la vía de penetración en los últimos días de la Reconquista y la partida de Boabdil hacia la Alpujarra.






07 mayo 2017

ISTANBUL






ISTANBUL


Cuando vi la obra de Andres Rueda  por vez primera, me imaginé presenciar una puesta de sol en Estambul.  Fantasee  en la distancia con formas y espacios.  Dibujé la gran cúpula de Santa Sofía flanqueada por los minaretes como  lanceros guardianes de su princesa, [primero mora y después cristiana]. Y vi como en un  sueño  una ciudad de cuento de las mil y una noches,  y fantasee con otros tiempos y otras épocas, con moros de a caballo y con cristianos cruzados con las capas al viento y la cruz por estandarte. Y vi los tesoros  Estambul  encierra.  Y vi una ciudad  dividida en dos por el mar y muchas por los hombres.  
La mirada errabunda siguió colores y busco formas. Y mi cabeza borró formas y diferenció tonos, y encontró gamas, y encontró manchas y descubrió oro y descubrió azules y miró más de cerca, y más adentro. Y se maravilló con el juego de masas de luz sin forma. Que encajan  y se resuelven las unas entre las otras.  Y atrapa  la gran mancha rosa que, ahora, es el cuadro que el  ojo selecciona. Y se fragmenta en ese instante en trozos que rivalizan en forma y en tonalidad.  Una masa enorme cubre en ese momento  la tela. El cuadro ya no es Estambul, ahora es su cielo.  Hecha trizas, la gran rosácea  entre tonos  vivos entre manchas de oro y Y ausencia de color, y blanco que no es blanco y un negro que parece un pretexto para señalar, para recordar, que Estambul no es una ciudad, son dos. En ese cuadro.
A medida que el ojo explora, la mirada  se convierte en parte componente del cuadro. Y el diálogo que primero sostuvo el  artista con su obra, ahora lo crea el espectador con la obra acabada. Y habla con la pintura y le pintura le dice: calla. Mira, disfruta y piensa. Y yo, espectadora embelesada,  investigo la tela, experimento la pintura, y pienso: El artista ha encontrado su estilo. Pienso en los fauves, en la fiereza de su arte casi salvaje al verlo de pronto. Y en casi  humano al disfrutarlo de cerca. La fiereza del color, tal  como lo usa Andres Rueda ,  se impone para decir con gritos rosas, azules, oros, reflejos de espejo en el agua –otro elemento con el que juega Rueda sin que advirtamos apenas que se trata de un juego de luces y de sombras reflejadas, de una simetría casi imposible,- que es otro Estambul, pero puesto al revés.  Una realidad transformada en fantasía y una fantasía hecha realidad. Con fuerza. Con mucha fuerza.  Una realidad, Constantinopla, que más podría ser un pretexto del autor para pintar  y lanzar sobre la tela esas masas de color luminoso, que una ciudad regia a retratar. 
Así lo decide él. Así lo exige su ánimo, su intención y su estilo.  Y nos enseña ese delicado y fugaz momento que encierra   la aventura de la exploración, la aventura del mirar un cuadro como  Fantasía en Istanbul.

CONCHI REVERIEGO ALMOHALLA