21 septiembre 2016

AVILA

RETRATO INCANDESCENTE


Un artista cuya patria es el mundo, que se ha forjado como pintor lejos de allí donde nació, que ha trabajado ya sobre ciudades tan emblemáticas como París, Venecia, Nueva York, Estambul, Granada o  Madrid y que   regresa a “su ciudad” cargado de experiencia.

 Paradójicamente, el  reencuentro se produce en el mismo lugar en el que Teresa, despechada,  volvió su mirada para despedirse de Ávila mientras sacudía el polvo de sus sandalias.

Desde allí aborda  su primera aproximación  artística, como él reconoce,  a “su ciudad”. Seguramente con el respeto que provoca enfrentarse a lo más conocido, a lo que más nos importa.

Ha elegido el perfil más favorecedor de su modelo –Ávila- y la hora que tan bien sabe pintar: aquella en la que el cielo va cediendo su color, sin perderlo aún del todo y las ciudades se engalanan con sus joyas más brillantes. No los colores de la luz diurna que los muros  reflejan, sino la luz que los alumbra recayendo sobre ellos al anochecer.  Ha creado no un paisaje de una ciudad que se ilumina, sino un retrato, un retrato incandescente, que emite por sí mismo su propias luces desperdigadas por calles,  torreones y almenas.

Si Teresa encontró en la oración su “Camino de Perfección” espiritual, Andrés Rueda lo encuentra, en lo artístico, en esas ciudades radiantes en su transición hacia la  noche.

Pilarr J.C.

08 diciembre 2015

Amor de frutas




Déjame que esparza
manzanas en tu sexo
néctares de mango
carne de fresas;
Tu cuerpo son todas las frutas.
Te abrazo y corren las mandarinas;
te beso y todas las uvas sueltan
el vino oculto de su corazón
sobre mi boca.
Mi lengua siente en tus brazos
el zumo dulce de las naranjas
y en tus piernas el promegranate
esconde sus semillas incitantes.
Déjame que coseche los frutos de agua
que sudan en tus poros:
Mi hombre de limones y duraznos,
dame a beber fuentes de melocotones y bananos
racimos de cerezas.
Tu cuerpo es el paraíso perdido
del que nunca jamás ningún Dios
podrá expulsarme.

Gioconda Belli

01 diciembre 2015

Junto al Mar Negro

 Arthur Rimbaud



La honestidad de la medicina me llena de dolor.



¡Por el rocío enjugada, qué bien me huele en el albor!





¡La hemos vuelto a hallar! ¿Qué? La Eternidad.... Es la mar mezclada con el sol.


Iba por ahí, con las manos metidas en los bolsillos rotos; hasta tal punto mi gabán se volvía ideal...