04 junio 2018

Giardino Ninfa


A VISTA DE PÁJARO


De pequeños, a esta pregunta mis amigos daban siempre la misma respuesta… “El coño”. Pero yo respondía: “El olor de las casas de viejos”. La pregunta era: ¿Qué es lo que realmente te gusta más en la vida? Estaba destinado a la sensibilidad. Estaba destinado a convertirme en escritor. Estaba destinado a convertirme en Jep Gambardella.  






22 mayo 2018

Andrés Rueda: la visión como relato

Andrés Rueda: la visión como relato
  Andrés Rueda expone su obra,

El visitante se encuentra de pronto convocado a ver la realidad con arreglo a un conjunto de condiciones insólitas. El mundo que sostiene nuestra vida se compone de insinuaciones efímeras, que a veces solo duran pocos segundos, para perderse luego en la memoria, o quizá para precipitarse entre la niebla y el olvido. El tiempo parece apaciguarse en torno a la muestra.

Asistimos al instante en el que la visión se hace evocación y laberinto de espejos que nos proyectan hacia puntos de vista y a modos de ver y percibir con los que no habíamos contado. Es el momento en que son conjuradas las leyes de la forma y del cromatismo que nos permiten acercarnos a la identificación de los espacios y de las escenas cotidianas.

El tiempo y el mundo parecen haber detenido su aliento. Aspiran a ese sosiego con que se inicia el presente, reclaman voz para esos parajes que no se resignan a la indiferencia y condensan en sí mismos las preguntas más sutiles y las respuestas más sencillas.
El agua y la luz se vinculan en un temblor de recental que se resiste a ser abandonado en el páramo. El oleaje acaba de expulsarnos como si fuéramos viejos navegantes que confiaron en sus fuerzas con desmedida arrogancia, y hubiéramos ya comenzado un vagar sin huellas en la arena, sin viento sobre el rostro.

Pero esa luz que se disuelve entre lo umbrío nos afirma frente a la soledad, da forma reconocible a nuestra perplejidad, ahuyenta esos ocupantes furtivos que inquietan nuestros sueños.

Andrés Rueda se asoma al mundo para ofrecerlo, con esa lentitud con la que nuestro idioma, el viejo y nítido castellano que él aprendió en su infancia, ha creado esa palabra. Viene del otro lado, ha subido el collado que se ve a la espalda de nuestro mundo rutinario y aparece desde lo alto de un vivir errante, quizá a iluminar con genial humildad de caminante avezado nuestra perplejidad.

Manuel Díaz Castillo
Catedrático de Literatura Española










AROMA DE U RECUERDO



La sinestesia que da nombre a este cuadro, Aroma de un recuerdo, de Andrés Rueda, nos invita a mirarlo de una manera especial. La fuerza evocadora del recuerdo queda asociada a una imagen plástica, vegetal, en un espacio envuelto con un flou desvaído, una línea de horizonte difuminada tras la huella bien marcada, en primer plano, de la rama que cae de un árbol que está fuera del espacio visible. En un segundo plano, una masa de vegetación poco definida y de un color celeste se refleja en la superficie de un estanque en el que podemos ver también la claridad de un cielo con tonalidades cárdenas y violetas.
La composición diagonal compensa así los planos, el primero bien marcado a la derecha, y el segundo ubicado a la izquierda, que se adelanta a un tercero más evanescente. Las ramas que caen en primer plano le dan presencia y cercanía a unos planos medios más diluidos y manchados.
El cuadro es atmósfera, espacio, profundidad, reflejo, introspección, memoria. No estamos ante un paisaje que haya sido transcrito en pintura, sino ante una evocación interna, soñada, alimentada de nostalgia.
La materia de esta obra está constituida por la superficie plana y blanca de la tela de algodón sobre la que el pintor ha aplicado múltiples y dispersas manchas de pintura distribuidas con un orden caprichoso y aparentemente incoherente, si nos aproximamos mucho a su superficie.
Vistas a cierta distancia estas manchas mezclan sus tonalidades en nuestra retina y el conjunto se organiza según las leyes de la percepción, que descubriera la gestalt, tras la experimentación impresionista, asignando formas y volúmenes reconocibles, espacios y profundidades, según las convenciones de la visión, de tal forma que todo cobra una apariencia tan reconocible como ilusoria.
El cuadro pintado por su autor ha sido reconocido y percibido por el espectador anónimo como una forma expresiva cargada de insinuaciones y sentimientos. El pintor ha puesto la tela y las manchas, el espectador les ha dado sentido y conformado como la representación de una sustancia.
Todo texto pictórico es el cruce de dos miradas, la del creador y la del observador atento, que al recrear atribuye, valora y agrega tonalidades perceptivas y sensitivas. Es el lenguaje de las formas simbólicas, de la materia y la forma, en una poética que no nace de las palabras, sino de un código analógico muy aquilatado y con una dilatada tradición cultural y artística. El cuadro es el pre-texto del verdadero texto interior.
Manuel Cerezo Arriaza

21 mayo 2018

NINFA





LA GRAN BELLEZA
JEp: ¿Qué haces esta noche, chérie?
Dadina:
 Como decía la gran de Blasi que me ha precedido en este puesto… esta noche haré dos cosas: Una sopa y echar un polvo. 
Jep: Dos cosas en contradicción. 
Dadina: Era lo que decía yo. Y ella me decía: “No, Dadina. No son contradictorias. ¡Son dos cosas calientes!