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22 agosto 2018

ART GALAXIE




Andrés Rueda nació en Piedrahita (ávila) en 1956. Mientras vivía en Cataluña estudió en la Escuela de Bellas Artes de Sabadell (Barcelona). Seguidamente estudió en varios en varios talleres de prestigiosos maestros pintores hasta que, con el conocimiento y la experiencia adquirida, decidió seguir su propio camino y descubrió su pasión perdurable por la pintura de paisaje.

Andrés Rueda, ahora ha madurado como pintor y ha establecido su criterio personales. Con una estética muy personal y única, ha elegido un estilo de pintura que, aunque totalmente contemporáneo, es también un eco de las tendencias que triunfaron en los siglos pasados: prerrafaelismo, simbolismo, impresionismo y neoimpresionismo.

Esta estrecha relación y diálogo que mantiene con su mejor amigo, el paisaje, siempre nos sorprende y no podemos dejar de admirar su colorida y mágica obra

Al ver esta comprensión profunda y mutua, resulta obvio que los paisajes le han ofrecido sus secretos más íntimos, abriéndole sus más profundos matices y percepciones hasta ahora desconocidas. Le han abierto nuevas perspectivas y horizontes ilimitados, donde las repeticiones comerciales y las afectaciones peligrosas no tienen cabida.

Durante su larga carrera artística, las pinturas de Andrés han sido ampliamente exhibidas en prestigiosas galerías de Europa, EE. UU., Rusia, Taiwán y Shanghái y forman parte de colecciones de las mejores colecciones de arte del mundo.

Rosa Anguas
Andrés Rueda creador del ILUMINISMO FAUVE

17 agosto 2018

Andrés Rueda: Estambul





Cuando vi la obra de Andrés Rueda por vez primera, me imaginé presenciar una puesta de sol en Estambul. Fantasee en la distancia con formas y espacios. Dibujé la gran cúpula de Santa Sofía flanqueada por los minaretes como lanceros guardianes de su princesa, [primero mora y después cristiana]. Y vi como en un sueño una ciudad de cuento de las mil y una noches, y fantasee con otros tiempos y otras épocas, con moros de a caballo y con cristianos cruzados con las capas al viento y la cruz por estandarte. Y vi los tesoros que Estambul encierra. Y vi una ciudad dividida en dos por el mar y muchas por los hombres.
La mirada errabunda siguió colores y busco formas. Y mi cabeza borró formas y diferenció tonos, y encontró gamas, y encontró manchas y descubrió oro y descubrió azules y miró más de cerca, y más adentro. Y se maravilló con el juego de masas de luz sin forma. Que encajan y se resuelven las unas entre las otras. Y atrapa la gran mancha rosa que, ahora, es el cuadro que el ojo selecciona. Y se fragmenta en ese instante en trozos que rivalizan en forma y en tonalidad. Una masa enorme cubre en ese momento la tela. El cuadro ya no es Estambul, ahora es su cielo. Hecha trizas, la gran rosácea entre tonos vivos entre manchas de oro y ausencia de color, y blanco que no es blanco y un negro que parece un pretexto para señalar, para recordar, que Estambul no es una ciudad, son dos. En ese cuadro.
A medida que el ojo explora, la mirada se convierte en parte componente del cuadro. Y el diálogo que primero sostuvo el artista con su obra, ahora lo crea el espectador con la obra acabada. Y habla con la pintura y le pintura le dice: calla. Mira, disfruta y piensa. Y yo, espectadora embelesada, investigo la tela, experimento la pintura, y pienso: El artista ha encontrado su estilo. Pienso en los fauves, en la fiereza de su arte casi salvaje al verlo de pronto. Y en casi humano al disfrutarlo de cerca. La fiereza del color, tal como lo usa Andrés Rueda, se impone para decir con gritos rosas, azules, oros, reflejos de espejo en el agua –otro elemento con el que juega Rueda sin que advirtamos apenas que se trata de un juego de luces y de sombras reflejadas, de una simetría casi imposible,- que es otro Estambul, pero puesto al revés. Una realidad transformada en fantasía y una fantasía hecha realidad. Con fuerza. Con mucha fuerza. Una realidad, Constantinopla, que más podría ser un pretexto del autor para pintar y lanzar sobre la tela esas masas de color luminoso, que una ciudad regia a retratar. 
Así lo decide él. Así lo exige su ánimo, su intención y su estilo. Y nos enseña ese delicado y fugaz momento que encierra la aventura de la exploración, la aventura del mirar un cuadro como Fantasía en Istanbul.







22 mayo 2018

AROMA DE U RECUERDO



La sinestesia que da nombre a este cuadro, Aroma de un recuerdo, de Andrés Rueda, nos invita a mirarlo de una manera especial. La fuerza evocadora del recuerdo queda asociada a una imagen plástica, vegetal, en un espacio envuelto con un flou desvaído, una línea de horizonte difuminada tras la huella bien marcada, en primer plano, de la rama que cae de un árbol que está fuera del espacio visible. En un segundo plano, una masa de vegetación poco definida y de un color celeste se refleja en la superficie de un estanque en el que podemos ver también la claridad de un cielo con tonalidades cárdenas y violetas.
La composición diagonal compensa así los planos, el primero bien marcado a la derecha, y el segundo ubicado a la izquierda, que se adelanta a un tercero más evanescente. Las ramas que caen en primer plano le dan presencia y cercanía a unos planos medios más diluidos y manchados.
El cuadro es atmósfera, espacio, profundidad, reflejo, introspección, memoria. No estamos ante un paisaje que haya sido transcrito en pintura, sino ante una evocación interna, soñada, alimentada de nostalgia.
La materia de esta obra está constituida por la superficie plana y blanca de la tela de algodón sobre la que el pintor ha aplicado múltiples y dispersas manchas de pintura distribuidas con un orden caprichoso y aparentemente incoherente, si nos aproximamos mucho a su superficie.
Vistas a cierta distancia estas manchas mezclan sus tonalidades en nuestra retina y el conjunto se organiza según las leyes de la percepción, que descubriera la gestalt, tras la experimentación impresionista, asignando formas y volúmenes reconocibles, espacios y profundidades, según las convenciones de la visión, de tal forma que todo cobra una apariencia tan reconocible como ilusoria.
El cuadro pintado por su autor ha sido reconocido y percibido por el espectador anónimo como una forma expresiva cargada de insinuaciones y sentimientos. El pintor ha puesto la tela y las manchas, el espectador les ha dado sentido y conformado como la representación de una sustancia.
Todo texto pictórico es el cruce de dos miradas, la del creador y la del observador atento, que al recrear atribuye, valora y agrega tonalidades perceptivas y sensitivas. Es el lenguaje de las formas simbólicas, de la materia y la forma, en una poética que no nace de las palabras, sino de un código analógico muy aquilatado y con una dilatada tradición cultural y artística. El cuadro es el pre-texto del verdadero texto interior.
Manuel Cerezo Arriaza

13 mayo 2018

LA GRAN BELLEZA




“De pequeños, a esta pregunta mis amigos daban siempre la misma respuesta: El coño. Pero yo respondía: el olor de las casas de viejos. La pregunta era: ¿Qué es lo que realmente te gusta más en la vida? Estaba destinado a la sensibilidad. Estaba destinado a convertirme en escritor. Estaba destinado a convertirme en Jep Gambardella.” 

10 mayo 2018

EXPOSICIÓN 10 MAYO 2018

“Zócalo Arte” Torreón de Cotilla
Habitada desde la antigüedad más remota, la actual configuración de Los Ogíjares se remonta al siglo XV (Uyiya, Oxijar, Ugijar, Oxixares). Oxixar la Alta y Oxixar la Baja estaban separadas por el Barranco Hondo, ambas sendas alquerías en tiempos de moros de carácter agrícola. Por Oxixar la baja pasaba el camino que iniciándose en la Puerta de Báb al-Tawwabin (puerta sureste), una de las más importantes de la ciudad, que a través del puente romano del Genil, comunicaba ésta con la Costa y la Alpujarra, atravesando el actual Zaidín y los Ogíjares, tomando rumbo hacia Alhendín: el Trek Semek Taubib o Camino de Los Pescaderos (según Leonardo V de Villena).
La alquería de Oxixar la Baja, además de su carácter agrícola tiene un torreón de carácter defensivo al estar asentado en este camino estratégico para la ciudad de Garnata.
Sobre una elevación del terreno su actual nombre: “Cotilla”, es una evolución del nombre mozárabe “Kott” (roca, altura, saliente, prominente)
La Vega de Granada es un territorio inseguro para los conquistadores, en los bosques que mandó talar el Rey Fernando (Ogíjares fue talado y saqueado en 1484), son frecuentes las emboscadas y las escaramuzas. Por ello el progresivo cercamiento de la ciudad se realiza circundando la Vega (relatos de Enríquez de Jorquera).
Constatamos el origen árabe del torreón en los restos arqueológicos encontrados.
Documentalmente en el 1757 aún se le llamaba a esta vía, Camino de Granada.
Esta fue la vía de penetración en los últimos días de la Reconquista y la partida de Boabdil hacia la Alpujarra.






12 enero 2017

Granada - Venice


Los Números Desordenados




Poema Los Números Desordenados de Pedro Enríquez


Cuando me pierda en la cuenta
de los números desordenados
que tu cuerpo sea caricia donde
repose el uno y el cero
cae la gota de agua y en el tres
sucede el asalto a los labios
el cuatro y el cinco entre murmullos
de pájaros despiertos
después ciento mil el río que fluye
hasta fundirse por fin océano
uno tras otro los besos robados
como hojas en silencio

En la suma todo es verdad y el dos
conduce al misterio


(del libro EL ECO DE LOS PÁJAROS)




08 noviembre 2016

LIBERA LO INVISIBLE


Rosavino

Poema inedito, que mi buen amigo Pedro Enriquez
 ha tenido la deferencia de dejarme publicar en primicia

 LIBERA LO INVISIBLE

En el río aún los vestigios. 
Es otra música el comienzo de los pasos, 
adivinar el peso del cuerpo 
sobre la tierra madre. 
¿Qué viniste a buscar? 
¿Acaso tiene nombre la búsqueda 
de lo que se desconoce? 
El agua conquista la senda del tiempo primigenio, 
pero en esta ladera de la primera mirada 
nada tiene nombre propio, 
consistencia de historia, 
raíz de misterio. 
¿ES preferible rendirse al cansancio 
y cerrar las páginas donde se escribe olvido? 
Sólo arena roja que aventan las ruedas gastadas, 
por un momento conciencia de huella. 
¿Qué luz única aguardan los ojos, 
comprende el aire, 
ora en la piedra? 
¿Dónde el lenguaje de las señales? 
En el principio fue un nombre, 
un sueño de vocales y sílabas, 
un reflejo que hiere la superficie del instinto 
en diálogo con los labios, 
una tormenta desbocada en papeles arrugados. 
Las imágenes nacen y confunden, 
sólo el engaño de la nada, 
la verdad oculta en un rostro fingido. 
Ahora lo descubres en compañía de otros 
que hablan de si mismos, 
Me someto a la huida de los sentidos, 
cierro los ojos por un instante infinitos. 
No hay argumento 
para lo oculto innombrable: 
libera lo invisible.

Pedro Enriquez

23 marzo 2013

Fuego y rocio


Fuego y rocio 100 x 100

A punto de cumplir 43 años de edad, en 1883, Claude Monet había vivido ya lo que es el éxito. Sin embargo, estaba en la búsqueda de algo nuevo, una nueva forma de pintar, un lugar apartado donde vivir y pintar. Lo encontró en el norte de Francia, en Giverny, un poblado habitado desde el Neolítico y que más de mil años atrás ya tenía la fama de dedicarse al cultivo de la vid. Aquí construiría un jardín a su medida para pintarlo, donde viviría otros 43 años y recibiría a sus incondicionales Cezanne, Renoir, Matisse... 

Desde aquí y hasta aquí, salieron y llegaron diversas cartas que ahora se reproducen en el libro “Los años en Giverny. Correspondencia” de Claude Monet y cuyo cuidado estuvo a cargo de Paola Alarcó, jefa del área de Pintura Moderna del Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid). Sus cartas, recopiladas y traducidas por primera vez al español, nos permiten asomarnos a la faceta más íntima de un artista que sufrió durante su vida la búsqueda de la perfección, que gozó del amor, de la familia y de la amistad, que vivió con interés los asuntos de su tiempo, que viajó incansablemente buscando el paisaje ideal y que le narró su vida diaria a pintores como Renoir, Cézanne o Pissarro, a escritores como Zola y Mallarmé, a su paternal agente Durand-Ruel, y sobre todo a su esposa Alice.

En una de sus cartas a su agente, puede leerse: “[Giverny], 5 de junio de 1883. Estimado señor Durand, [...] No he tenido más remedio que hacerme construir a la orilla del Sena un cobertizo para proteger mis barcos y guardar mis caballetes y telas. Esta construcción ya se ha terminado, ahora tengo que pagarla y cuento con su promesa. No he querido decir que pensárais abandonarme, pero creí que en aquel momento aquello estaría por encima de sus posibilidades. En cuanto tenga algo que merezca la pena se lo enviaré. Ahora voy a poder dedicarme por completo a la pintura, pues he estado bastante ocupado con la instalación de mis barcos. Como el Sena no está cerca de la casa, he tenido que ponerlos a buen recaudo; y luego la jardinería que me ha absorbido un poco recogiendo algunas flores para pintar los días malos. Finalmente todo esto ha terminado, no voy a soltar ya los pinceles y podré mandarle cosas que le gustarán. Mientras tanto, le pido que no me olvide, pues la tranquilidad es lo primero para trabajar bien. Suyo afectísimo.


 Claude Monet”.