30 marzo 2013


Se acabo en el 100 x 110


LA GALERIA DE ARTE   
Descolgué el abrigo de la enorme percha y abandoné la lóbrega taberna, atrás, quedó un murmullo de conversaciones, una sutil y espesa niebla de tabaco sobre el tosco techo de madera. Al salir, el fuerte muelle aprisionó la puerta apagando completamente el sonido interior.
En la torre, el corazón de la campana con sus rítmicos latidos, acusó indiferente la media noche.
Emprendí el camino solitario hasta mi casa, un recorrido corto, como otras noches, sin  presencia de un alma.
Al pasar frente a la vieja galería, aprecié un hilo diminuto de luz amarillenta escaparse fugaz entre las pesadas hojas de la puerta. La curiosidad me pudo. La noche pareció oscurecerse más y, el silencio reinante, se convirtió en un sonido muy fino, cristalino, metálico.
La tenue fisura de luz amarilla era una brillante llama; en su indeciso parpadeo, me llamaba entre susurros. De repente, me vi allí, frente a la inmensa y centenaria puerta, con las manos abiertas empujándola y adentrándome en el interior.
La vieja galería me conocía como a un hijo adoptado.
No soy de esta ciudad, cuando llegué a ella, ya empezaban a blanquear mis cabellos, mis ojos, precisaban de unas lentes para separar las palabras cuando leía. Con el tiempo, surgió una estrecha amistad con Andrés; conservador, cuidador, administrador, en definitiva, dueño de esta casa colonial, herencia de sus antepasados y transformada con delicadeza en galería de arte.
Sobresalientes artistas han expuesto en sus salas, otros, nobeles y jóvenes promesas, han emprendido el camino juntos, demostrando que en el arte existe algo más allá de lo material; posiblemente, la sensibilidad y altruismo de quien lo regenta.
Mi conocimiento de la casa era absoluto. Normalmente ayudaba a Andrés a descolgar los cuadros y preparar las paredes entre exposición y exposición y, él, un entendido en la materia, me explicaba las técnicas, los estilos, y hasta los defectos más inapreciables de las pinturas que se mostraban. Un sótano bien aislado y, en perfecto orden, almacenaba las obras que, en concepto de pago o comisión, la mayoría de las veces le eran entregadas. Yo le ayudaba a protegerlas, y de paso, descorchábamos alguna que otra botella de vino, dejando que el paladar y la música de los lienzos, buscase la conversación adecuada.
Irrumpí en el espacioso hall. La intensidad del alumbrado emitía apenas un haz de claridad. Los amplios ventanales mostraban sus postigos entre abiertos, dejando pasar un resplandor anaranjado. El sonido metálico del silencio se detuvo y una sensación de inquietud imparable comenzó a alojarse en mi mente. Con sigilo y rapidez ascendí las escaleras, presentía algo inesperado, terrible, pues, el dueño era sumamente ordenado y nunca dejaría la galería abierta, a no ser por un motivo demasiado importante.
Una tras otra recorrí las salas ante la estoica mirada de todos los cuadros; incluso, aparté los gruesos cortinajes de terciopelo que cubrían algunos rincones donde no se exponía. Bajé las escaleras de frío mármol verificando la ausencia en las salas de algo anormal. La puerta del sótano, entre-abierta, me hizo ascender con apresuramiento. Rebusqué en todos los rincones sin hallar nada; los latidos de mi corazón se escuchaban en el silencio como el repique de un tambor. Sobre la mesa donde solíamos dejar que se disolviera el tiempo había una nota en blanco y la vieja pluma de Andrés, en apariencia, dispuesta a escribir un mensaje.                                         
Me senté un momento; cerré los ojos intentando ordenar el desasosiego, mi memoria hacía y deshacía el recorrido intentando encontrar alguna respuesta. Un soplo de aire hizo presencia; el envoltorio de papel de los cuadros, al contacto con este inesperado fluido vibró, ocasionando un sonido semejante a las hojas secas del bosque cuando las pisa un leñador.
Abrí al instante los ojos; ríos de espesa saliva aprisionaron mi garganta, un vaho azulado emergía de mi boca; mi cuerpo entero se estremeció. Subí despacio las escaleras de madera, al contacto con mi cuerpo, producían un extraño sonido, como si fuesen palabras atrapadas en un eco lejano.
La tímida luz parecía aferrarse a los cuadros. Mostraba otras formas, imágenes distintas a las que en realidad expresaban. De nuevo recorrí las salas observando detenidamente las pinturas. Había en ellas otros cuadros, secuencias superpuestas, diluidas formas humanas, animales famélicos, esqueletos de pájaros, largas avenidas de cipreses. Impresionado y a su vez atrapado en esta nueva visión, decidí apagar las luces, cerrar los postigos de las ventanas y, de un fuerte impulso, cerrar la puerta de la galería y esperar la quietud de un nuevo sol.
Aquella vigilia se hizo interminable, desvelado y perplejo apenas descansé unas horas. Como todos los días, de forma autómata, me dirigí al trabajo. Al pasar por la galería se acentuaron las imágenes de la noche anterior; aquellas formas desconocidas que aparecían en los cuadros cuando los observé por última vez. Mi trabajo consistía en ordenar y seleccionar los libros de la colosal biblioteca de la ciudad. Este día, como otros sucesivos, me centré en manuscritos antiguos relacionados con el misterio y las desapariciones de personas. Ensimismado en los pasajes más perplejos y en los casos sin resolver, el día pasó sin apenas darme cuenta.
De regreso a casa, al pasar por la galería todo estaba igual, cerrado y solitario. Anduve hasta el apartamento de Andrés interesado e inquieto por su repentina ausencia. Está situado en una margen del río, en este tiempo invernal apenas se aprecia el agua, pues una incorpórea neblina lo esconde de los ojos de los viandantes; a veces, la neblina asciende hasta la superficie dando la apariencia de una alfombra de humo.
Insistí haciendo vibrar el timbre, una y otra vez, hasta que un vecino debió escucharlo y bajó a ver que sucedía. Este me comentó no haber visto a Andrés hacía ya unos días; amablemente me abrió la puerta. Subí hasta su apartamento y con reiteración pulsé el timbre interior hasta que este comenzó a sonar de forma defectuosa. Después, llamé con las manos pronunciando su nombre; al final, me di por vencido sin hallar respuesta. Algunos vecinos salieron de sus apartamentos al escuchar el ruido que estaba provocando; ninguno de ellos había visto a mi amigo y, por la conversación que entablamos, nada fuera de lo normal habían observado; tan solo, uno de ellos me comentó, que el día anterior, un hombre muy delgado, alto, vestido de negro, con larga capa y negro sombrero de ala ancha visitó a Andrés; pero ya no le vio salir del apartamento ni tampoco había visto más a Andrés ni al hombre misterioso.
Al día siguiente, en la biblioteca, seguí buscando obsesionado en los libros antiguos alguna pista, sin saber con precisión, qué estaba buscando. Ya por la tarde, al terminar la jornada, denuncié en la Gendarmería la repentina desaparición de mi amigo.
De vez en cuando, volvía al despacho del investigador que llevaba el caso y nunca hallaba respuesta. Indagué por mi cuenta rastreando a sus parientes; pero cuando parecía aproximarme, se perdía la señal, como la de mi vieja radio cuando sintonizaba con mi tierra. Los años se hicieron largos, vacíos, amontonados de preguntas sin respuesta. Mi trabajo en la biblioteca concluyó y con ello mi estancia en este húmedo país. Coincidió que en estos días levantaron el precinto de la galería. Regresaron a mi todas las sensaciones y, arrastrado por un soplo casi humano, me encontré de repente en aquel hall que, de un modo u otro, marcó todos estos años de mi vida.
Tan solo había dos personas en el interior; un hombre de estatura media, vestido con traje oscuro y portador de un deslustrado bombín, le acompañaba una señora delgada, con carpeta en mano y un modesto sombrerito verde de paño; vestimenta esta, típica de las secretarias de juzgado. Enseguida me presenté y les hice partícipes de mi presencia en el lugar. Amablemente autorizaron mi visita, permitiéndome recorrer la galería libremente.
El polvo apenas hacía presencia; después de tantos años, el lugar aparentaba estar encantado: el mismo orden, la limpieza, la luminosidad, todo permanecía igual que aquella noche de ausencias, cuando de un portazo, se cerraron largos años de amistad.
Emprendí el recorrido a la inversa de cómo lo hiciera la última vez. Con cierto sigilo, descendí la escalera con la torpeza de la edad, con mayor prudencia. Crujieron los peldaños de madera, mientras, mis ojos recorrían los rincones y estantes donde ya-cían los cuadros perfectamente ordenados.
Después de observarlo todo con atención hice un pequeño descanso sentado a la mesa, cargado de recuerdos junto a la nota en blanco y la pluma de mi ausente amigo. Ajenos al reloj, mis ojos se cerraron y, por momentos, caí en un inesperado sueño. Una repentina ráfaga de aire me despertó sobresaltado.
Pronto aprecié un cambio. Aquella página en blanco sobre la mesa era diferente, ahora tenía el color de los años pasados. La tomé en las manos con suma delicadeza. Sobre el amarillento papel, en tono más claro, se encontraba oculto un mensaje. Mi desalentado corazón aceleró el paso, mis viejas lentes montaron en guardia para descifrar el enigma de aquellas transparentes palabras:      “Querido amigo Mark (el vello se me hizo alambre), tenía la certeza que este momento llegaría, no con tanta premura para no poder dejar en ti un atisbo de sosiego o, una explicación convincente por mi repentina marcha. (Con respeto se forjó nuestra amistad, motivo este, para que nunca profundizásemos en lo intimo y personal) Hace muchos años, muchos más que en los que discurre una vida, yo era un pintor afamado. Mi obra era conocida y expuesta en las más prestigiosas galerías de todo el mundo. En el circulo más intimo se urdió una conspiración para acabar con mi vida y repartirse el botín; mi legado. En la más miserable sombra, envenenaron el vino de mi copa y, una muerte lenta y nublosa, fue apoderándose de mí. Antes que la traición en el vino se llevase mi último aliento, imploré venganza a coste de cualquier precio. De la espesa tiniebla surgió un hombre delgado, muy alto, vestido de riguroso negro. Con manos ahuesadas y brillantes abrió su capa; de ella apareció una paloma de plata. Se posó sobre la mesa y, de mi copa, bebió el vino que quedaba, después, abrió las alas y por la ventana partió volando.
A pesar de la gélida sensación de la muerte, recuerdo con claridad mi sepelio. Abrigado en la niebla de mi inexistencia, los rostros de mis asesinos, todos estos años, han estado en mí presentes.
Aquella paloma siguió volando. Oculta entre los aparejos de un barco cruzó el inmenso océano. Llegó hasta esta ciudad, a las puertas de una gran casa colonial, se transformó en un desamparado muchacho y, los dueños de la casa, le acogieron como un regalo llegado del cielo, como aquel hijo que tanto desearon y nunca tuvieron.
Siempre he tenido conciencia de mi pasado. Esta mañana apareció repentinamente el hombre vestido de negro en mi apartamento, ha venido a llevarme al otro lado del espejo, a recorrer eternamente el subconsciente de los museos, a caminar sin rumbo el misterio de los cuadros. Ha venido a recaudar el precio que convenimos. Apenas me ha dejado un instante para pasar por la galería y dejarte una nota como último deseo. La tinta de la pluma se ha secado; no obstante, tengo la certeza que un día llegará a tus manos. Tan solo me resta decirte adiós, agradecerte estos hermosos años de amistad que juntos hemos transitado. Eternamente tuyo, Andrés”.
Las sirenas del inmenso buque anuncian la llegada a puerto espantando a una multitud de gaviotas y pájaros que posan los mástiles y aparejos del barco. Apoyado en la barandilla de cubierta miro hacia atrás y, mi cansada mente, henchida de recuerdos se diluye en el interminable océano. Por qué habré regresado, me pregunto, soy un extraño en mi tierra. En esta añoranza que sienten los sin patria, una hermosa paloma blanca me observa desde lo más alto; nos miramos y, un sentimiento nuevo, nace en mí. Ya no me siento tan extraño.  

Marcos Jimenez León

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