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22 mayo 2018

Andrés Rueda: la visión como relato

Andrés Rueda: la visión como relato
  Andrés Rueda expone su obra,

El visitante se encuentra de pronto convocado a ver la realidad con arreglo a un conjunto de condiciones insólitas. El mundo que sostiene nuestra vida se compone de insinuaciones efímeras, que a veces solo duran pocos segundos, para perderse luego en la memoria, o quizá para precipitarse entre la niebla y el olvido. El tiempo parece apaciguarse en torno a la muestra.

Asistimos al instante en el que la visión se hace evocación y laberinto de espejos que nos proyectan hacia puntos de vista y a modos de ver y percibir con los que no habíamos contado. Es el momento en que son conjuradas las leyes de la forma y del cromatismo que nos permiten acercarnos a la identificación de los espacios y de las escenas cotidianas.

El tiempo y el mundo parecen haber detenido su aliento. Aspiran a ese sosiego con que se inicia el presente, reclaman voz para esos parajes que no se resignan a la indiferencia y condensan en sí mismos las preguntas más sutiles y las respuestas más sencillas.
El agua y la luz se vinculan en un temblor de recental que se resiste a ser abandonado en el páramo. El oleaje acaba de expulsarnos como si fuéramos viejos navegantes que confiaron en sus fuerzas con desmedida arrogancia, y hubiéramos ya comenzado un vagar sin huellas en la arena, sin viento sobre el rostro.

Pero esa luz que se disuelve entre lo umbrío nos afirma frente a la soledad, da forma reconocible a nuestra perplejidad, ahuyenta esos ocupantes furtivos que inquietan nuestros sueños.

Andrés Rueda se asoma al mundo para ofrecerlo, con esa lentitud con la que nuestro idioma, el viejo y nítido castellano que él aprendió en su infancia, ha creado esa palabra. Viene del otro lado, ha subido el collado que se ve a la espalda de nuestro mundo rutinario y aparece desde lo alto de un vivir errante, quizá a iluminar con genial humildad de caminante avezado nuestra perplejidad.

Manuel Díaz Castillo
Catedrático de Literatura Española










21 septiembre 2016

AVILA

RETRATO INCANDESCENTE


Un artista cuya patria es el mundo, que se ha forjado como pintor lejos de allí donde nació, que ha trabajado ya sobre ciudades tan emblemáticas como París, Venecia, Nueva York, Estambul, Granada o  Madrid y que   regresa a “su ciudad” cargado de experiencia.

 Paradójicamente, el  reencuentro se produce en el mismo lugar en el que Teresa, despechada,  volvió su mirada para despedirse de Ávila mientras sacudía el polvo de sus sandalias.

Desde allí aborda  su primera aproximación  artística, como él reconoce,  a “su ciudad”. Seguramente con el respeto que provoca enfrentarse a lo más conocido, a lo que más nos importa.

Ha elegido el perfil más favorecedor de su modelo –Ávila- y la hora que tan bien sabe pintar: aquella en la que el cielo va cediendo su color, sin perderlo aún del todo y las ciudades se engalanan con sus joyas más brillantes. No los colores de la luz diurna que los muros  reflejan, sino la luz que los alumbra recayendo sobre ellos al anochecer.  Ha creado no un paisaje de una ciudad que se ilumina, sino un retrato, un retrato incandescente, que emite por sí mismo su propias luces desperdigadas por calles,  torreones y almenas.

Si Teresa encontró en la oración su “Camino de Perfección” espiritual, Andrés Rueda lo encuentra, en lo artístico, en esas ciudades radiantes en su transición hacia la  noche.

Pilarr J.C.